Sacrificados ante este acontecer, sus tres hijos varones quedan huérfanos, solos, sin tener quien velara por ellos, tan sólo fueron las distintas organizaciones judías del mundo ofrecieron su apoyo y contando con los aportes económico de los Rotchild o del mismo Montefiory lograron salvarlos, alimentarlos, protegerlos y más tarde llevar a estos y a otros tantos miles de niños a su patria en Palestina.
Esta es la historia de esos tres niños que desde muy pequeños pudieron y tuvieron que descifrar los significados del odio y de la destrucción, que vivieron, presenciaron, castigo y hambre desde muy temprana edad. Jacob, el mayor de los tres podríamos decir de que era el más rebelde de todos. Creció a un paso acelerado, pus se sabía responsable de sus otros dos hermanitos. Aprendió en corto plazo hebreo y su adaptación se puede decir, fue de inmediato. Trabajó él, en el kibutz destacándose en cada una de las labores que le encomendaban, durante las noches se acercaba a sus hermanos y les contaba historias de sus antepasados para que no los olvidaran él de este modo generó unos lazos con el pasado que han perdurado hasta la fecha. Estuvo en su trabajo comunitario hasta que llegó a cumplir sus dieciocho años y por ende su mayoría de edad.
Con escasos ahorros mas con una gran voluntad, quería desarrollar parte de sus propios sueños, luego de haber oído hablar de un país lejano, Venezuela y, de un lugar en los que se sospechaba estaban ubicadas las Minas del Rey Salomón, ya, no dudó un minuto. Jacob, habló con sus hermanos, les informó de su pronto viaje, y eso lo hizo consciente de saber que el kibutz en sí, un sistema socialista en donde se compartían los bienes obtenidos por la colectividad que los trabajaba en el cual se compartían labores, les garantizaba a él, de que sus hermanitos, recibieran educación, techo y alimento. Les habló como sólo lo hace un padre, y todo centrado en la promesa de retornar en poco tiempo y, rico, lo suficiente como para sacarlos de allí y ofrecerles una mejor vida. Una vez que estuvo detallado el plan, Jacob aprovechando un barco de pesca, ofreció sus servicios como trabajador. Jacob había escogido este barco pues sabía que su ruta lo llevaría Frankfurt, una vez llegado allí, hizo lo propio con un barco holandés que iba a Curazao y de ese modo se enfiló a su destino final, Puerto Cabello.
Cualquier otro inmigrante de la época, se hubiera dirigido a la capital, a Caracas y, hubiese encontrado la forma y manera de conseguir un buen medio de vida y por ende un seguro como para traer a sus dos hermanos. Pero Jacob era un hombre poseedor de gran carácter. Él no había venido en busca de algo fácil, ni dejaba a que la suerte decidiera por él, sabía a conciencia lo que buscaba y a lo que se dedicaría.
Llegado al Callao y estamos hablando de la Venezuela en tiempos de posguerra, hacía muy poco que había terminado La I Guerra Mundial, había escasez de todo excepto de zancudos. Viendo Jacob, como los mineros hacían, primero se tomó el tiempo, lo suficiente como para aprender el oficio, más tarde demostró con hechos, lo aprendido y con ello logró aplicar sus propios métodos, tanto en la localización del mineral, luego el cómo hacer paras proteger lo obtenido y más tarde la comercialización del mismo.
Detallar las peripecias, sus métodos o los planos que él elaboró de sus sitios de extracción de los cuales hoy contamos con las copias de los mismos, porque nos fueron dadas por sus descendientes durante nuestras entrevistas, lo dejaremos para una próxima entrega. Ahora a sabiendas que el lector moderno vive en una lucha constante con el tiempo, nos abstendremos de hacerlo y tan sólo les haremos saber de que en definitiva, nuestro amigo, el huérfano de padre y madre logró encontrar su propio "Dorado", apenas habían pasado tres años desde el día en que llegó, su piel marcada y ajada por el sol dejaba ver huellas que ya nunca lo abandonarían, sus manos ajadas y curtidas por el sol como toda su piel, mostraban que sus horas de trabajo debían contar con alguna hora de entrada pero por su estado tan castigadas, sin ninguna hora previa de salida. Su cabello, el cual ya casi no portaba su cabeza, se había quedado enterrado unos, bajo miles de metros cúbicos de barro y otro tanto flotando en aquellos ríos que fueron sus minas y que siguiendo la corriente iban en busca del mar, como queriendo retornar a aquella Palestina, a ese lugar sagrado del cual unos años antes, él había partido.
En cierto momento y como hombre de conciencia, Jacob decidió que sus haberes eran ya suficientes como para regresar y de este modo poder ver su sueño cumplido. Una vez tomada la decisión en menos de un mes estaba celebrando el retorno en el kibutz junto a sus hermanos. Su visión era muy clara, ahora podrían disfrutar aquella riqueza. Faltaba tan sólo conocer el dónde, dónde deberían irse a vivir. Sin dudas su vista estaba puesta en Europa y, consciente de ello, una vez estando allí, debían escoger entre Inglaterra, Alemania y como una última opción Rumania.
Desafortunadamente este último les pareció ser un lugar que daría una bienvenida a judíos inmigrantes. Por aquellos días la gran mayoría de los judíos venidos de Europa, con los que se habían topado, provenían de allí y las miles de sinagogas de las que les hablaban, la calidad de su gente y la fama de sus rabinos inclinaron la escogencia para ese punto. Ya sin dudas de lo que todos deseaban, los tres hermanos una vez en Rumania, fueron a la capital, tantearon el terreno, sacaron conjeturas, vieron y les gustó, pero deseando cierta tranquilidad se inclinaron por un pueblito en el que podrían seguir practicando lo que habían aprendido, la siembra de algunos cultivos y la cría de ciertos animales.
Durante algunos días estuvieron viendo posibilidades, hasta llegar a Costesti, un pequeño pueblo lleno de gran colorido y con una población que se dejaba sentir como cercana, misma que daba la apariencia de ser una sola familia, fue allí, donde se instalaron. El pueblo estaba decorado en su entorno con unas montañas que durante la primavera se llenaban de colores, y hacían destacar los contrastes con las casas blancas. Con el paso del tiempo, los tres hermanos salieron en busca de esposas en otras ciudades, con ello lograron formar sus familias. Se puede decir que vivieron una vida tranquila serena, sin preocupaciones. El pueblo era altamente tranquilo y agradable, cuando con la llegada del Shabat (viernes luego de las seis de la tarde) todos los judíos vestían sus mejores galas y poco antes de la salida en el cielo de las primeras estrellas, la gente como en un paseo premeditado y en dirección a la sinagoga, iban portando sus mejores y más bellas galas. En cada casa, en cada ventana, se veían las chispas de luz que saltaban como resplandor de las velas, mostrando con todo orgullo cómo se engalanaban todas las casas judías para recibir el sábado.
De nuevo para no ser tedioso, nos toca saltar algunos años, tantos como veinte y algo más, fueron años donde los Cohen, vivieron apaciblemente, llenos de alegría, ejercitando con fervor su religión y viendo crecer a su familia muy unida. Esa vivencia, era algo así como poder saborear y a su vez como recuperar cada uno de los vínculos familiares que por causa o culpa de sus orígenes religiosos, los bolcheviques y otros que los apoyaron, los tres hermanos con la aniquilación de toda su familia, ellos, habían perdido, ahora, ya volvían a existir los paternos, ni qué decir de los tíos, primos, hermanos y hasta nietos.
Aquella desgracia parecía haber sido apenas una referencia del pasado, el presente y supuesto futuro, sin dudas tenía otros matices. Mas como si se tratase de alguna maldición, la tranquilidad se acabó de repente. Con la toma de poder y fuerza de los nazis, en casi toda Europa y, luego de la tristemente famosa "Kristallnacht" noche de los cristales rotos, ocurrida entre el 9 al 10 de noviembre de 1938, estos altercados dañaron, y en muchos casos destruyeron, aproximadamente 1.574 sinagogas (prácticamente todas las que había en Alemania), muchos cementerios judíos, más de 7.000 tiendas y 29 almacenes judíos. Más de 30.000 judíos fueron detenidos e internados en campos de concentración; unos cuantos incluso fueron golpeados hasta la muerte.
Los rumanos quienes no habían aún demostrado esa vena de antisemitismo tan cruel como si ocurrió en Polonia, Austria, ni qué decir de la misma Alemania. Un viernes, uno de esos mismos en que el pueblo judío, todo celebraban su entrada del sábado, los pobladores de Costesti, empujados por el mejor amigo de los judíos, el cartero del pueblo. Y aquí vale decir amigo, pues cada vez que portaba alguna carta de un familiar proveniente del exterior, como si él fuese responsable de esa buena nueva, de ese motivo de elogio, le era obsequiada una buena propina, una copa del buen vino casero y hasta un buen trozo de Honeylaker, de ese bizcocho exquisito.
Pero como Schopenhauer dijo alguna vez, la histeria colectiva, rara vez disminuye su fuerza, muy por el contrario va in crescendo. El cartero, aún no siendo alemán, ni trabajando con los nazis, tomando también en cuenta de que en Rumania, al final de la guerra y por causa del Holocausto, sólo un 5% de la población judía había sufrido de esa aniquilante y por demás inhumano Holocausto. Luego que este malvado logró enervar los odios y la sed de sangre ese viernes, bajo influjo del alcohol y luego de haber saqueado la mayoría de las casas judías, ellos consiguieron a fuerza de palos y de amenazas, meter a todos los judíos en la sinagoga, los dejaron sin agua ni alimentos hasta el día domingo y ya cerca del mediodía, cuando los gritos de los niños se hacían notar cada vez más intensos y dolorosos, los sacaron tan sólo para que los hombres se ocuparan de abrir una trinchera, una vez lograda, los obligaron a introducirse en ella y, ya sin pena, dolor ni sentimiento alguno de culpa, los fusilaron, a todos, mujeres, hombres y niños, esta vez ninguno tuvo la suerte de escapar de los esbirros, a ellos los aniquilaron, fueron tratados como bestias en el matadero.
Afortunadamente uno de los hijos de Jacob no se encontraba en la ciudad, había ido con su mujer a una fiesta en la capital y como se les había hecho tarde y el shabat estaba a punto de entrar, por temor a que durante el camino llegara el mismo sin poder cumplir el mandamiento de no trabajar el sábado, decidieron quedarse hasta el día domingo. Eso los salvó de la muerte. De allí como en un retorno a su historia, temiendo les sucediera lo mismo, con su dinero y un poco de ayuda de sus amigos, lograron escapar y llegar a un nuevo país, el mismo que en pocos años había entregado a su padre una parte de sus entrañas. Hoy Jacob y sus descendientes ahora, tranquilos, viven felices en Venezuela y aunque no se olvidan y, sienten que su pasado debe servir como una llamada de alerta, ahora saben y disfrutan que el aire que respiran allí, alimenta su libertad.
Samuel Akinin