PAÍSES EXTRANJEROS
Ocurre cada vez que te tropiezas con un cuerpo desnudo:
el misterio, la incertidumbre, el miedo, te empujan a ir a tientas;
desorientado, absorto y, sin remedio, a merced de otro idioma,
otra manera de entender la vida; un universo, en fin, desconocido.
Ninguno de los dogmas se sostiene si aprecias en sus ojos emociones,
si buscas en su boca explicaciones próximas a tu modo de pensar,
si al besarla en el cuello propusieras formas de comparar establecidas,
si al invadir su cuerpo pretendieras igual procedimiento hacia el orgasmo.
Esa otra realidad se te subleva porque toca en las fibras interiores
que alguna vez pensaste encallecidas de estación a estación.
Ni eres tú, ni tu cuerpo, ya en un digno declive, tiene agallas
para imponer criterios o, arriesgado, conjeturar sobre la vida misma.
Es en ese momento cuando entiendes tu condición de torre de cristal,
tu ausencia de raíces o costumbres sólidas, duraderas, explicables.
Te pones a explorar con el temor presente de no saber qué pasos,
ni cuántos escalones te aproximan sin dudas de la calle a tu casa,
ni qué guagua coger para pararte en sitios familiares, repetidos,
ni qué capacidad es necesaria para seguir llevando el equipaje.
Ocurre cada vez que te tropiezas con un cuerpo desnudo:
esa necesidad de agudizar al máximo el genio y los sentidos,
el temblor que produce verte solo viajando por países extranjeros.