Fría como las tardes de invierno y distante
como el vuelo torpe de las gaviotas en celos:
tu mirada casi apagada como la tenue llama
de un candil sin aceite,
se fundió tímidamente en el opaco cristal
de una sonrisa sin carmín
y sin palabras ni explicaciones que pudieran
enredar aún más la difícil situación,
comprendimos
que nuestro amor se marchaba para siempre,
oculto
en el vientre oscuro de una madrugada eterna…