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Rompía, la luz, el mimbre de la tarde
acariciando, en velos, el azul de las olas;
el alma se expandía en surcos de recuerdos
y gajos ardientes de arenas sucumbían
al calor del estío.
Buscando iba el recuerdo el rastro de la vida,
donde mora una espada forjada sin caricias
en fuegos escarlatas y esencias solitarias.
Caracoles de conchas estriadas de sueños.
Navíos de distancia.
Mares de cinco vientos.
Abriendo… Abriendo.
Contaba la distancia la permuta
del día
y la vela canaza huía a la deriva
por la oscura caverna de repasos
de esencias perdidas.
No se soltó el amarre, nunca se
volvió herida,
permaneció adentro sola, triste y amada,
roja y abierta.