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En el abismo de los vientos
referiré la fábula del hombre,
las grietas irreconocibles donde se bifurcan
los espejos que lo multiplican indefendible
en los ecos lebreles de su nombre.
Referiré ese destino en el rostro y
sus ojos buscando almohadones perdidos,
donde descansar sus zarpas de insolencias
desnudando topografías mujeres y caminos.
Referiré la ciega piedra
que cree aquello que parece o es nada,
la fábula del hombre
que no es dios y es hombre
o acaso las dos cosas al mismo tiempo:
sombra acaecida de palabras.
Abrazado al azar –reflejo de lo que ignora-,
presiente torbellinos de misterio
y las dudas que lo cruzan en jaurías
por las yeguas de la noche
lo encadenan a un infausto experimento.
De modo que referiré
cómo muere con la sangre apresurada
el abismo del hombre que nombro,
cómo muere de un modo inconcebible
siendo siempre, infinitamente siempre