EL POETA
"Me enamoré, poeta, de tu alma.
Llevados de la mano por tus versos,
mis ojos, insaciables, se encontraron
en los callados y fieles laberintos
donde música la vida su cadencia.
Son ensueños que bullen en el aire
y nos ciñen, cual invisible anillo,
al talle pronunciado de las rosas.
Silente, sobre mí vino a posarse
el vuelo de tu voz hecho poema.
Anidarán promesas en los árboles,
entre las ramas ocultas de los bosques,
donde adormece la luz que nos aguarda.
Los dedos enredados en las hojas,
acunando los besos de los hombres,
esperan la llegada de la risa
para hacerse canción de primavera.
Yo era un pétalo errante que anhelaba
el pulso estremecido de la flor.
Y lo hallé,
latiendo de impaciencia,
en el fanal azul de tu poesía."
(del poemario "El despertar de las adelfas")
PETRA, LA NOCHE, TÚ...
I
Atardece.
Se viste la luz de blanco
a estas horas, en Jordania.
Una extraña impaciencia me posee.
Petra aguarda tras las colinas.
Aún no conozco su rostro,
pero ella, seductora, se insinúa
con prodigios que anticipan su belleza:
se diría que es mar el horizonte
donde se sumerge el sol
mientras un ángel
devana sobre el cielo
un concierto inaudito de colores,
sorprendente cadencia de matices
que antes sólo a tu rostro atribuía,
al naranja azulado de tu voz,
gaviota huida,
recobrada en la bruma
de este espejismo de agua
que me envuelve.
Avanzo.
La presiento altiva,
como el arco elevado de tu mirada ausente;
arrogante,
en su fingida sencillez de diosa;
igual que tú,
a la orilla de la sombra de un recuerdo
(me estremecía la angustia de perderte).
II
Anochece.
Petra me llama.
A mis pies extiende
el abrazo callado de su desfiladero.
Dóciles fuegos cortejan mi camino,
velado festón de salmos
dibujando tu silueta.
Luce la noche lenta.
Siento nostalgia de ti.
Vuelve conmigo.
Gocemos la magia de este sendero
que en otro tiempo fue río.
Después le nacieron alas, como a ti.
Ahora serpea, incansable,
el altísimo cenit de la montaña.
Silencio. Hondo silencio.
Brotan notas de la piedra;
es el alma nabatea
emergiendo de las rocas.
Amo la esbelta quietud que me embriaga.
-Te amo, Petra.
Adoro los siglos que se confunden
en la poblada soledad
que hoy te habita.
Y Petra me sonríe.
Su frente se ilumina.
La danza singular de claroscuros
sugiere a intervalos el enigma.
Cesa la melodía:
ante mí, provocando el asombro de los vivos,
la fachada del templo de los muertos.
Me adentro en sus entrañas.
Es alta la oscuridad.
La música reanuda un eco misterioso
que se expande en la noche
como un lamento único,
como una sola exclamación de júbilo.
Es el espíritu de los nabateos.
Intento descubrir aquí tus huellas.
Tal vez, no necesite palabras
para decir tu nombre.
quizá, sólo precise cerrar los ojos
para alcanzar el vuelo
(momentos que tanto amé
regresarán conmigo).
-Quiero asirme a tu seno, Petra,
en estas horas tardas de vigilia.
Aspirar el idilio
que otros pueblo vertieron sobre ti
en una noche tibia como ésta.
Quizá, otro modo de amar,
una manera distinta de comprender el beso,
una forma diferente de dolor.
Permíteme ser huésped de tu sueño.
III
Amanece.
El día me sorprende,
olvidada de todo,
entre sus brazos.
Se ha encendido el fulgor de la mañana.
Me yergo sobre mí misma y la descubro.
Sus oquedades desvelan
una hermosura espectral
aprisionada en el tiempo.
-Dime, diosa,
¿cuánta entrega acunaste,
cuánta muerte para aprehender la gloria?
Tu eternidad,
tan cálida y tan fría
como una caricia tierna
o una punzante derrota.
Poco a poco, la vida se adueña del pasado;
una vida ruidosa
que vocifera su pobre mercancía.
Ajados sus cuerpos,
evaporado el aliento
por el duro sopor de la miseria,
motas negras de luto,
los beduinos horadan
la ilusión tornasolada del momento.
Mientras, ojos curiosos
y flshes que equivocan la visión
devoran sus encantos torpemente.
Me pierdo
en esta ingente escalada de trofeos.
Ya no existe la senda luminosa
ni los versos, bullendo, de un poema.
-No te conozco, Petra.
¿Dónde el arroyo estrellado
deslizándose, lamiendo
las elevadas crestas?
Siento gélidas sus manos
y distantes, como las tuyas.
No basta el calor del cielo
para quebrar la estela de un recuerdo.
Petra, cautiva de la piedra.
Yo, prisionera de ti.
Regresaré a la oscuridad,
al poder ilimitado de las sombras
donde todo se puede desear
sin que nadie te robe un sólo instante
o te usurpe el espacio de un latido.
Petra, la noche, tú...
Y podría compartiros a mi antojo.
Este poemario, Petra, la noche, tú... fue editado en el año 2000 por Ermitaño Ediciones.
A continuación, algunos poemas de "Vuelos de eternidad", editado en el año 2000 con la ayuda del CEDER de la Campiña Sur de Extremadura.
RECUÉRDAME
I
En las calles doradas de la infancia,
en las esquinas vírgenes del tiempo,
recuérdame jugando
a princesas de cuentos de Azucena
y atrevidos piratas que, en los sueños,
buscaban su tesoro entre las horas:
cristales de colores deslumbrantes
en el crisol fecundo
de nuestra fantasía.
No olvides
la cálida caricia de las tardes
regadas por la lluvia;
el prodigio sin par del arco iris
engarzado en la torre de la iglesia;
los diamantes del agua de los charcos
sobre el suelo hechizado de aquel parque
donde aprehendimos fabulosos besos
y era anzuelo la risa
para mis ojos tímidos;
mis labios embriagados
de naranjas de sangre en el invierno;
el rubor hecho lumbre en el recreo
cuando crucé, valiente, la frontera
que de ti me apartaba por ser niña.
VUELOS
IV
La mañana ha llegado
cubierta de oro viejo;
y con ella la nube,
tan alta como un sueño,
nimbando mis anhelos y mis noches.
Nube mía, cercana como el árbol
donde un corazón ríe y me despierta
para que dé a sus hojas
caricias de mis manos
y recobren mis labios
el enlace infinito.
Nube mía, cercana...
altísima, infinita...
V
Sumérgeme en tu seno,
aire que ahora comienzas
a ondular tus promesas sobre mí.
Haznos sólo de ti, aire purísimo,
aire fresco de garzas y gaviotas.
Mi amigo y yo queremos
cubrirnos con la brisa de tu piel.
Mi amigo y yo te amamos.
Mi amigo, cristalino como tú.
Mi amigo, transparente como un vuelo.
Mi amigo, que ya es viento,
que ya es viento...
ETERNIDAD
I
Flotamos en el viento,
somos plumas
viajando al paraíso de las aves.
El cielo es transparente como un niño.
Las nubes han bañado nuestros rostros
y nos sentimos limpios.
Ya nada es comparable a no ser nada,
ser sólo pluma leve en el espacio.
Ya nada es comparable a serlo todo,
ser plumas de algún ave prodigiosa.
XIII
Un poco más, amor,
estamos cerca,
muy cerca de tapar todas las calles
que nacen de las sombras y del miedo;
las calles con que inician las mañanas
su anarquía de cielos apagados.
XIV
Ya hemos llegado, amor,
al infinito.
Hemos ganado a pulso
la ternura.
Un lecho de mullidas melodías
aguarda a nuestros cuerpos virginales.
No durmamos, amor,
amémonos tan sólo...
eternamente.
A continuación algunos poemas de "El despertsar de las adelfas" publicado por la Excma. Diputación de Badajoz en el año 2000.
NIEBLA
(Premio poesía Cilanco, 1999)
Porque ella surge sí, tan de repente,
como un torpe pañuelo que se escapa
mas perdura, obstinado, entre los dedos.
Porque nada es igual si nos envuelve
en la lenta caricia de sus manos.
Porque es nada
y la nada sobrecoge
cuando es densa
y penetra cuerpo adentro,
y atraviesa fronteras de la mente,
y avanza hacia recodos del espíritu.
Ha llegado en silencio, de mañana:
ingrávida, tan ágil, escalando
los recuerdos que vibran en las sienes.
Y han llorado los brezos por su causa.
Y hasta el roble ha humillado su ramaje.
Era toda dulzor inaprensible
o, tal vez, sólo hiel evaporada.
Porque asciende, descalza, hasta mis hombros,
aparece, de súbito, en mis piernas,
se refugia, serena, en mis cabellos
y emana de mis poros tan profusa
que ya es mi soledad
tan sólo niebla.
Porque el cerca y el lejos los ha unido
en el húmedo abismo de su frente
y marchamos a ciegas, mas seguros
de su fiel compañía a cada paso.
Porque anuda misterios al enigma
y no sé de qué boca ella es aliento.
Y ni un pájaro vuela por su rostro
a pesar del hechizo de su imagen.
- ¿Has nacido del seno del vacío?
¿Con qué signo marcada traes el alma?
¿Tienes alma? ¿Eres dulce?
¿Son tus ojos
los vagos horizontes de ese mundo
que, a veces, yo presiento en tu lenguaje?
¿Y si fueras umbral de los ensueños
y anduvieras rondando mi tristeza
para llevarme, rauda, al universo
de la luz que, con tal celo, custodias?
¿Y si al fin fueras, niebla,
sólo huida
y yo sólo la huella de tu paso,
y una tarde de sol, sin decir nada,
como tú, yo también desaparezco?
JARDINERO
Anochecía en su casa y se marchó el jardinero.
Cansado del cuidado de sus flores,
le urgía un rubor nuevo entre las manos:
aquel primer arrobo de la rosa.
Anochecía y se fue,
jardinero era ya de inmensas soledades.
En la calesa alta de sus ojos
Añoranza y Pasión se acomodaban.
Anochecía y, por azar, la descubrió:
quebrado y tímido lirio
sollozando entre las sombras.
Celoso, la retuvo para sí.
En un jardín de luz la fue cuidando.
Albores de melaza y ataujía
despertaron el mármol de su savia.
Dulcemente, la vida fue ascendiendo
por el triste vacío de su talle.
-Se hizo hermosa en tus brazos, jardinero.
Abandonaste tu casa. Anochecía...
Tú la quisiste flor, pero fue viento.
La verja de tu pecho estaba abierta.
Se alejó, como cálamo confuso,
por el almiar celeste de los pájaros.
Tú la habías despertado, jardinero.
Ahora ignora, sumida en el silencio,
si es golondrina o jazmín...o sólo nube.
Vuelve al beso de tus flores, jardinero,
que está tu jardín en celo y te reclama.
Que ya amanece en tu casa, jardinero.
Que el inicial sonrojo de la rosa se renueva
cada día en tu huerto, y no lo sabes.
Que la flor descubierta no es la flor;
es tan sólo la sombra de otra esencia.
¡Despierta ya, jardinero!
Y deja que el alba apague
las heridas de tu alcoba.
ESPÍRITU DE FUEGO
Tiembla la noche. Crepitan,
aturdidos, los abismos.
De las entrañas del orbe,
candentes lenguas de fuego.
Acrecientan su vigor
los corceles de mis ojos.
Cabalgan, trotan, cabalgan
las llamaradas del cielo.
Silba el silencio. Suspense...
Late un murmullo de seda.
Tenue, suspira un susurro.
Se está despertando el viento.
Vibra, muy alta, la luz
en el bisel de las sombras.
El alazán de mi rostro
apresura su resuello.
Largo delirio en las nubes.
Giro ligera, febril.
Sobre el mullido oleaje
va avanzando mi embeleso.
Adquiere el rojo más brío.
Trisca el deslumbre. Me asciende.
Las prendas que me cubrían
por el camino las dejo.
Pues voy a nacer, ahora,
de este calor que me eleva,
y me hace fuerte, y me impulsa
hacia lo que más deseo.
Es ya pájaro mi alma
sin temor al horizonte.
Nada podrá oscurecer
la claridad de su vuelo.
SI TE DIJERA, AMOR...
Si te dijera, amor...
si te dijera
que llevo ya tus sueños
prendidos en mi piel,
que es mágica tu voz,
que nadie podrá hurtarme
el cielo de tus manos.
Si te dijera, amor...
si te dijera
el verde aquel del parque
bullendo al mediodía,
la plácida sonrisa de las flores,
el invisible mirador del beso,
un campo de amapolas sorprendidas,
quemándose, de rojo, a nuestros pies.
Si te dijera, amor...
si te dijera
que son mis ilusiones
jinetes de tus ojos,
que, galopando sobre el tiempo, busco
la hondura de tu alma cada día.
Y nada más, amor, voy a decirte.
Sería inútil pretender, ahora,
encerrar en palabras
una estrella,
una hierba ondulándose en el aire,
o la brisa que nace de tus labios
despertando la luz sobre mi pecho.