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Monday, September 08, 2008
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Rafael de Dios García (Rafa Dedi)  (Spain)

RAFA DEDI

 

 

Un poeta puro de nuestra tierra, que sabe interpretar las representaciones del espíritu de forma intimista y sincera, con desnudez de alma y con la riqueza melódica necesaria para que sus versos, uno a uno, vayan calando en la sensibilidad del lector.

Pablo Martín Cantalejo. Director de “El Adelantado de Segovia”. 1987.

 

—RESEÑA BIOGRÁFICA

€POEMAS AL CAMPO

€POEMAS AL MAR

€JÓVENES POEMAS

—CORREO ELECTRÓNICO

 

 

—BREVE RESEÑA BIOGRÁFICA

 

 

RAFA DEDI (RAFAEL DE DIOS GARCÍA) nació en Riaguas de San Bartolomé (Segovia) el año 1957.

Primer  Premio “Villa de Leganés (Leganés, Madrid, 1981) con Nací para ser libre; Primer Premio “AGA” (Bilbao, 1984) con Corazones arrecidos; Primer Premio AGA (Bilbao, 1986) con Estación de penuria; Primer Premio AGA (Bilbao, 1992) con Hombres de polvo; Mención Honorífica “Ciudad de Miranda” (Miranda de Ebro, Burgos, 1995) con De los sotos al páramo; Primer Premio “Sindicato Nacional de Escritores Españoles” (1995) con Poemas a las cosas; “Medalla de Oro de San Isidoro de Sevilla” (Sindicato Nacional de Escritores Españoles, 1998).

Incluido en numerosas obras antológicas, es miembro de varias asociaciones y grupos culturales y colabora asiduamente en revistas y periódicos.

Ha publicado los siguientes libros: Poe (1980); Nací para ser libre (1981); Segovia, mis raíces (1983); La promesa (1987); Hombres de polvo (1992); Si no fuera por ti (1994); Poemas de abatimiento (1995); De los sotos al páramo (1996); Poemas a las cosas (1996); Mar azul, mar negra (1998), Rafa Dedi, poemas (2000).

Algunos poemas de su libro Poemas a las cosas aparecen en los libros de lecturas (Calidoscopio, 4º y 5º de Primaria) de la editorial Edelvives.

 

 

 POEMAS AL CAMPO

 

 

El campo

 

Aquí arriba no tengo

Nada más que a la espiga;

Ancianos, que laboran

Los campos del recuerdo;

Cobijo donde sólo

Mi soledad habita;

El aire, sano, puro,

Y el plácido silencio.

 

Aquí arriba es abajo,

Según decís vosotros,

Pero yo no comparto

Los platicares vuestros.

Placeres y riquezas

Conozco a lo que obligan.

Aquí arriba es arriba

Por lo bien que me siento.

 

Respiro sus perfumes,

Escucho sus sonidos,

Camino hasta sus cumbres,

Retorno cuando llego;

Y espero que concluya

Mi vida en estos pagos,

Al lado del arado

Mis surcos escribiendo.

 

 

La montaña

 

¿Qué quedan en los pueblos?

¡Ausencias!

¿Qué quedan en sus campos?

¡Palabras!

Y las hojas, secas, vuelan

Desde el llano a las montañas

Buscando la blanca nieve,

Buscando la nieve blanca,

Que cubre las negras penas,

Que cubre las penas anchas.

 

En la nieve las ganancias

Y en los campos la pobreza.

¿Cuándo vendrá la montaña

a los pueblos de mi tierra?

 

 

********************

 

Mucho peso y poca carga.

Mucho amor y pocos frutos.

Caminar

Un camino, que se alarga,

De miserias y de lutos.

 

 

Campos secos

 

Donde hay cardos, siembra flores

El labrador cuando siembra

Y, a veces, recoge cardos,

Regados por la tristeza.

Secos esos campos: ojos

De los hombres con sus penas;

Por haber llorado tanto

Y quedarse el alma seca.

 

Se perdieron en el luto,

Esperando primaveras,

Los honrados campesinos

De los pueblos de mi tierra.

Surco arriba, surco abajo,

Solos en el campo esperan.

Van esparciendo la vida

Por una humilde cosecha.

 

¡Tantas son las malandanzas

que los pueblos acarrean...!

Sol a sol echando horas

y... ¡es tan mísera su hacienda!

Tantas son... que por amarte,

Sólo por amor, se quedan;

Por tenerte a ti con ellos

Como erial y como vega.

 

 

Mi flor

 

¡Toma, mujer, mi flor: la amapola!

Las rosas son las flores de los otros.

¡Toma, mujer! Como mi sangre, roja:

se la bebió en tu ausencia poco a poco.

 

¡Toma, mujer, la reina de los campos!

No conoció rosal que la quisiera.

No sé por qué se me parece tanto.

Sí que lo sé: es, como yo, de tierra.

 

 

Los niños

 

Los niños son la sangre venidera

Que regará con sangre nuestros campos.

Los niños son los corazones fuertes

Que latirán encima de corazones lacios.

Los niños son la mano necesaria

Para obturar la herida y embestir con laureles

Al errátil futuro.

Los niños son esas riberas verdes

De nuestros ríos secos.

Los niños son mañana y en mi pueblo...

¡quedan tan pocos niños!

 

 

Copla

 

Como la encina,

Recia y umbrosa

Entre las mieses

Permaneciendo.

 

Viejo, la encina;

Joven, la rosa;

Viejo, el terrón;

Y joven, el viento.

 

 

 

De viento

 

Duro terrón: el polvo que levantas

Se lleva el viento.

No quieren ser tus hijos –yo lo entiendo-

Terrón de nadie.

 

Porque pueden pisarlos o golpearlos

Con azadones.

Prefieren ser de viento, que no de polvo,

¡libres!, los jóvenes.

 

 

Se van haciendo espalda

 

Se van haciendo espalda los pequeños,

Se van haciendo espalda.

Sí, nuestros afluentes ya no quieren

Ser ríos de lo nuestro.

Prefieren encallar en otros puertos,

Se van haciendo espalda.

No les llama la mar de las espigas

A estos marineros.

 

Le tengo mucho miedo, pero debo

Aventarles un día

Y dejar que se vayan con el viento.

 

 

Si se te van

 

                        I

Si se te van los hijos y te quedas

Solo, como la era.

Si se te van los hijos, si se marcha

El grano del granero.

Si se te van y tú no quieres irte

Porque prefieres el rastrojo a solas

Que la mies con ellos.

Sí, que la mies con ellos, abundante;

Porque prefieres menos, mucho menos.

Tú te conformas con seguir vertiendo

En tu lugar el resto de tu sangre.

Si se te van los hijos, ya lo saben

Que no te irás con ellos.

Si se te van los hijos de la era

Llevándose tu cuerpo.

 

                       

 

                        II

Y se quedó, la sombra del que fuera.

Ya poca sangre le quedaba dentro.

Su inspiración las amapolas eran

Y, en vez de surcos, escribía versos.

 

 Y se quedó a solas en la era

Para llenarla él con su silencio,

Hasta llegar la hoz que a todos siega

Y en el rastrojo abandonar su cuerpo.

 

 

La ciudad

 

                       I

Para tus pies asfalto, que no era.

Para tus manos, otras amapolas.

Para tus ojos, que contemplan mieses,

Obras gigantes y constantes gentes.

Gritos sin atender para tu boca.

 

Yo siempre te diré que te equivocas

En ir a la ciudad por la cosecha.

 

                        II

Y  por las calles que dejaste a oscuras,

Hechas rastrojo, apenas hay espigas.

Cañas cortadas hay, cañas de paja.

Cañas, que suenan cuando se las pisa,

Pero que al poco, y con dolor, se callan.

 

Y por las calles hay, bajo la luna,

El sacrificio de las mudas cañas.

 

 

Los mozos

 

¡Qué terrones más fuertes los mozos, y qué solos,

haciéndose notar entre los surcos, sobresaliendo

tanto y tanto

del trágico nivel que la rastrilla

imperante y mandatoria de la senectud impuso!

 

¡Qué montones de polvo comprimido, irrompible

por cualquier azadón que no sea el del tiempo;

con el corazón roto por falta de lugar

carnal donde ponerle sin que se hiciera daño!

 

Ni todas las obradas de yermos pedregales,

Cuando sus uñas caven, negárseles podrán;

Yo sufro por sus dedos, débiles, que no hallan

Afirmación de hembra para su soledad.

 

 

El regreso

 

Ha regresado el hijo y la punzante

Barba del padre ara su rostro a besos.

Hoy el pequeño grano soterrado

Entre sus brazos es copiosa espiga.

 

Todo sudor y hiel sobre su cuerpo

Calándole la piel a su retoño.

Y todo el polvo de su polvo encima.

Y  todo el yugo de su yugo a mano.

 

Hijo, te quiero: eres la semilla

Que necesita el corazón, mi campo.

 

 

Bajo el polvo

 

Bajo el polvo del camino los rebaños,

Bajo el polvo.

Bajo el polvo de la tierra

Los labriegos.

Bajo el polvo levantado

Por el paso de los tiempos.

 

Muchas casas abatidas

Bajo el polvo de la ausencia

Y, leve soplo de vida,

El polvo de las cosechas.

 

 

Esperanza

 

Y volverán al cerro las endrinas,

Majuelas a las ramas del majuelo

Y moras a las zarzas con espinas.

 

Y volverán las nuevas primaveras

A sembrar las terruchas y senderos

De verdes esperanzas y acederas.

 

No lloraré a los niños, ni a los viejos,

Ni lloraré el silencio de las eras,

Ni a las casas caídas de abandono.

 

Espero todavía los retoños

Que siembren alegría en nuestra tierra

Y cosechen estrellas para el cielo.

 

 

POEMAS AL MAR

 

 

Yo no navego

 

Yo no navego, navega

Mi corazón por los mares

Imborrables del recuerdo.

 

Tú siempre marchas conmigo,

¡siempre!, sangre de mi sangre

y polvo de mi camino.

 

Me acaricias con tus aguas,

Me defiendes con tus rocas,

En tu aroma me recuesto...

 

Yo no navego, marino

De ayer, que cambió las olas

Por la playa de tu cuerpo.

 

 

No subas a mi lomo

 

No subas a mi lomo, si no eres

Jinete de reveses con mi monta.

Por mi encanto,

No subas a mi lomo.

 

Porque me ves tranquila, pero tengo

Arrebatos que causan

Sucesos impensables.

Porque me ves tranquila, pero soy

Impetuosa si los vientos me lo ordenan.

Porque me ves tranquila, pero...

¡ay, si me supieras!

 

Si subes a mi lomo, ven dispuesto

A perderte.

Si subes a mi lomo, ven dispuesto

A estar a solas con mi amor ingrato

Sin juez al lado que revoque nuestro

Matrimonio.

Si subes a mi lomo, ven dispuesto

A no poder bajar de mí algún día.

 

Mi corazón de peces será tuyo.

Me entregaré a tu monta

y me gozarás intensamente.

Pero no subas a mi lomo si no estás

Dispuesto a deslomarte manteniéndote

Subido a mi lomo.

 

 

Mar azul, mar negra

 

La mar que besa los cuerpos

En las calientes arenas,

La mar de los pescadores

Y la mar de los poetas.

 

La mar esclava entre rocas,

La mar libre de la playa,

La mar que acuna los barcos

Y la mar que los batalla.

 

La mar de las aguas claras

Y la de costas y puertos

En donde vierten los hombres

Su codicia y sus desechos.

 

La mar tranquila, calmada,

Y la mar brava y cruenta.

Las dos mares de la mar:

La mar azul y la negra.

 

 

 

 

Mi niña

 

Murmullo de olas

Le canto a mi niña,

Pequeña barquilla

Que en mi amor navega.

De tanto quererla

Y poco reñirla,

Se toma la vida

A risa y a broma.

Como se lo hago,

No quiere aprender.

Mi niña: has de ser

Mañana mi barco.

 

 

Desengaño

 

Los días marchados

Del blanco pañuelo,

Izado en su mano,

Que me recibía,

Hacia el horizonte,

Lleno de tristeza,

Dirigí mi barco

Sin volver la vista.

Allá, mar adentro,

Con la mar a solas

Y escuchando al viento

Que lo conducía,

En algún momento

Me sentí persona.

¡Todo el puerto estaba

lleno de mentiras!

Pañuelo en el agua

Mi barco de vela.

Pañuelo tirado,

Que nadie cogía.

Pañuelo extendido

Que, al salir del puerto,

Había jurado

Que no volvería.

 

 

De roca y arena

 

Apariencia de gélida roca,

En las yemas te vas deshaciendo

De mis dedos. Te abrazo, te tiendo

Y me bebo la miel de tu boca.

 

A mi piel, que, desnuda, te toca

Y te abrasa cual cántaro hirviendo,

Tu respondes amando y gimiendo

De manera fantástica y loca.

 

Moriría, cariño, de pena,

En tu cuerpo feliz navegante,

Si algún día me fueras ajena.

 

Que preciso gozar, tierno amante,

De tu cuerpo de roca y arena,

Como el agua del mar incesante.

 

 

Lo mucho que me llevo

                       

De la lonja no me llevo

Pescado, me llevo versos.

De la mar, nada me llevo:

Lo llevo todo por dentro.

 

A la música del agua

Resonando en mis oídos,

A su imagen en mis ojos

Y, en el corazón, amigos.

 

“¡Hasta siempre!”, me despido

de vosotros en el puerto

y, aunque vacío, no valgo

con lo mucho que me llevo.

 

 

En el horizonte

 

Allá, donde se acaba

La mar.

Allá, en el horizonte.

Adonde sólo llegan

Los buenos pescadores.

 

¡Allá, mirad allá!

Es un lugar lejano,

Pero se alcanza el cielo

Con sólo dar un salto.

 

Allá, donde termina

La mar, donde se esconde

El sol.

¡Allá! ¡Llegad allá

y quedaos con Dios!

 

 

 

JÓVENES POEMAS

 

 La promesa

 

Una promesa no se hace

Con palabras

Hermosas, imposibles,

Que son nubes... vacías.

 

Una promesa existe

Mientras podamos

Mirarnos cara a cara

Y echar una sonrisa.

 

 

Si ha de quedar algo

 

Nacemos de la nada.

La luz, la juventud.

Nunca tenemos nada.

Se apaga la luz

Y no tenemos nada.

 

Si ha de quedar algo,

Que sea... juventud.

Si ha de quedar algo,

Que nos quede la luz

O no nos quede nada.

 

 

Cargar la juventud

 

Luchad por vuestros sueños con fuerza. La virtud

De las cosas sencillas, sinceras, poseed.

Mostraos como tierra que se siembra y sabed

Que los frutos maduran al sol con lentitud.

 

Superfluo, de los hombres, su grueso o su altitud.

Medid sus corazones, sus sueños y su sed.

La savia de la sabia de la vida bebed

Y hasta la sabia muerte cargad la juventud.

 

 

Efímera

 

Pasaba y, por tenerla, no hice caso.

Dejé, sin darme cuenta, que pasase.

Después, apresurado, llegué tarde,

Hallándola en el borde de su ocaso.

 

Hermosa de vivir, ¿por qué te has ido,

Si no te aproveché ni me avisaste?

Calló, siguió pasando y, al mirarme,

Me vi, flor del ayer, envejecido.

 

 

Para siempre

 

Que sólo tú la puedes

Aprovechar.

Que no la das,

La tiras.

Que si la dejas pasar,

No vuelve.

 

Escrita en el cuerpo

Comúnmente:

Juventud aparente.

Puedes

            Hacer

                      De ella

                                     Situación interior,

                                     Palabra impresa,

                                     Dique contra el tiempo.

 

Si no fuera por ti

 

Si no fuera por tu vaso de besos,

Si no fuera por tus pechos de pan,

Yo  no resistiría

Tragar y tragar y tragar.

 

Si no fuera por el cielo de tus ojos

O por la luna negra de tu pelo...

Si no fuera por la ropa de tu risa...

Si no fuera por el aire

Que nace en tus movimientos...

¡yo no resistiría!

 

Si no fuera por el fuego de la cama

Y por la calma de después de hacerlo,

¿para qué seguir tragando

más veneno?

 

 

No hay cárcel

 

No hay cárcel peor que ésa

De vuestro peso y altura,

Ni peores cadenas

Que las que vuestras manos os proporcionan.

 

Volar,

Atravesar montañas,

Navegar los mares...

Eso se puede hacer desde la cárcel.

 

¡Soñad! ¡Imaginad!

Aunque os muráis de hambre,

Encarcelados en vuestra figura.

 

 

—Rafaeldedi@hotmail.com

 
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