Selección de Poemas
Visiones en el anfíbol
Acaricio el calor de tu cuerpo
y adentro de tu vientre embarazado
siento lejano un mar primigenio.
Orbita allí una voz temblando yerma,
mientras se multiplican las cromátidas,
miran y retan al dios
―¡nosotros somos los dioses!, gritan.
La latitud nublada de las aguas
amortigua el clamor.
La lluvia se levanta
como una gran cortina verde, donde
la mirada gotea ―suave y lúcido―
un rocío de círculos disímiles
―cosas de la retina, luces grises,
sueños de la materia.
Se extiende una gran ala
que acoge sólo los misterios míos
en la proximidad de una distancia
atroz y melancólica,
prendida de gardenias de oro
―tumbas de la luz donde vierten
todas las brasas jóvenes.
Yo sé que en ese ojo de las formas
crece el muérdago y yace
calcinada la piedra solar, que es
anfíbol puro
―tetraedro imperfecto de silicio y oxígeno.
La afirmación de tu nombre devuelve la vida
Viviste mientras habitó
un recuerdo ancestral
aquel pozo de aguas apacibles,
en donde el tiempo era una anguila,
creciendo su cuerpo
como una fuga irremediable
―la culpabilidad de la renuncia
una traición de cruce equivocado.
Ahora nada existe en tu entorno,
sólo un ligero aroma de tiempo,
lento
como el vagar cansino de una nube al Sol.
Una lágrima como una fruta exprimida
espera derrotarte con la implacable furia
de un río extenuado.
¿Será verdad ese hielo del ojo,
su soledad perpetua,
su deshabitado silencio?
¿Será posible
una licencia de abordaje
cuando la causalidad del árbol
decida ser pez
en un fondo de amor sin argumento?
¿Será cierta una devolución desde el olvido,
un flash-back de la carne hacia un cuerpo que fue,
la frialdad encrespada de una visión
lloviendo hacia el mar?
La afirmación de tu nombre devuelve la vida.
Reanimo los términos impuros
de lo que he sido
y me abandono en brazos de la llama del "siempre",
―instante perdurable del cuerpo incombustible
vida del afuera,
de los otros,
siempre renovados.
Sobre la estribación de un sueño,
un traje gris roído,
anochecido y turbulento.
De pronto, cegadora y fabulosa,
la última piel, la blanda luz
sostenida a secar en ese abismo eterno.
Hasta el límite
somos la reclusión de lo perdido,
esgrimiendo palabras
con alas y plumaje de trigo
que amarillea un aire de sabrosas espigas.
¿Cómo es posible un pan ávido y cruel
si él mismo duerme abdicando inútilmente?
Fantaseas ileso
por eso eres sombra azulada.
Tu boca podría contener el mar,
un cielo comprimido y nocturno;
cantiles de marfil
verticales a un paladar real
y estrellas quizá posibles.
Hoy arde el aire.
Te cito sin ruido
al humo blanco de un instante
y al mar tranquilo de mis sienes.
Reposa tus peces, sosiega aquel reflejo;
muy lejos de nosotros
una llama muestra su piel de leopardo.
Tu ojo está en el Sur
A Pilar y Alonso
La contienda integral
del pensamiento duele como un vientre
o aquellas branquias de una idea nítida.
Ácida noche este amargo germen,
este estío cegado a pie de ola.
Es limo entre los dedos este impúdico tiempo
―se hunde como raíz en todo el mar,
cual tránsito de pájaros
volando lentos en la tierra oscura,
como un fondo de vino amargo o lengua
rasante en una espalda de granito.
Me queda sólo el Sur,
ese fragmento de espesor fantástico.
El territorio mítico y remoto.
Tórrido Sur de sangre
y permanencia súbito de ese ojo
de Sol duro ―pupila inacabable.
Mar de pez único de nácar crudo
―animal transparente,
diana de luz o dardo de luz llena.
En todo ojo está aquella estación,
el lagarto sediento.
Está el peso del pensamiento.
Toda la barahúnda de los cuerpos.
Minerales que abren la piel fresca,
la blanca sangre, el dios.
Fragmentos del olvido.
Canchales destrozados
desde la altura de los tiempos
―brasas.
Poética
Sentimos en un mundo, pensamos, nombramos en otro,
podemos establecer entre ambos una concordancia,
pero no colmar el intervalo. Era un poco de ese intervalo,
esa falla, lo que yo había tenia que franquear...
Marcel Proust ("Por la parte de Guermantes")
Hemos de rastrear adentro de las cosas
para percibir su velado espacio,
su interna catadura.
La costumbre nos ciega.
Los sentidos nos llevan muy lejos de la rosa.
Apreciamos su ardor,
el color, su perfil…
pero el silencio,
su sorda dolencia,
su soledad,
nos aleja y angustia.
La comtemplación ha de suspenderse
frente a ella, en un soplo
infinitamente perplejo.
Desde ahí accedemos
a la luz de unas manos que la crean de nuevo
―con una intuición antigua―
entera y diferente.
Es un cambio de estado en el espíritu
―solidifica y lo contiene todo,
como el ámbar
capturando un insecto.
El templo de Eunate
En la planicie desterrado,
el templo es un reflejo inexorable.
La mañana cubre como un sudario
la curva de las bóvedas.
Estancia altiva, impávida y alumbrada sin ímpetu.
Tallado en la maleza de piedra,
un temblor se propaga,
arriando la penumbra
con un resplandor de sigilo antiguo.
Un taller de negruras sella como un sepulcro
la nerviación rosada de la aurora.
Allí dentro se comban los suplicios.
Un recelo calizo
me despeña la sangre,
me incendia el sudor en la flor de las manos
—diez pétalos agónicos,
dos magnolias de carne abierta.
Presencias de aras soterradas
forjan este recinto,
tamizando una luz
duplicada de presagios,
exfoliada en los siglos
por las intersecciones de símbolos secretos,
de dioses fascinados.
Surcos y arrecifes de la memoria
fructifican con cuajo silencioso y secreto,
fermentando su azúcar
en los lamentos de la tierra amarga.
El corazón del hombre yace aquí,
embrujado y solemne.
La luna embriagada
Rimbaud in memoriam
Se presenta en las noches fulminantes,
derretidas en una lengua ácida
donde habita un pez quieto,
y maquillado
el tiempo abre
la palabra remota;
donde se extiende un lecho herido de placer,
sangre que se desborda,
excesos de....
El barco ebrio
y el África inhóspita será el destino final.
Una Sed de arena le lleva.
Cabellera de potro.
Torbellinos azules en los ojos.
Dientes blanquísimos.
Cara morena.
Bravata de mandril.
Ternura de carne…
¡La roja escena de la letra!
¡Por favor!
¡El pasillo!
¡La puerta!
¡El abrazo!
La luz de poesía,
libre la sien ,
de pie en el mostrador...
¡Oh tú, la primera luna embriagada!
La Ejecución
Desde Granada subimos a Viznar..........
.....―Lo mataron a él, decía la mujer, pero aquí mataron a otros muchos,
a tantos, a esos que ahora nadie ya recuerda. ―El ya no es él, le dije.
Es el nombre que toma la memoria, no extingible, de todos.
José Ángel Valente
Bruscamente, la noche ha regresado.
Latitudes de hiel,
gárgolas tenebrosas,
negras bocas aceran la gruta de los sueños.
Las Keres de la muerte
se arrojan en calesas ardiendo
a los cauces del cielo.
Es tiempo de verdugos;
escorzos de caoba
brillan en sus torsos demudados;
su sed de sangre
resplandece en las armas.
Las víctimas esperan
―corderos tiritando a la intemperie.
Un espesor de aire
se corta en rebanadas.
Las fieras se alborotan
y esperan su comida
enrejadas tras postes de bambú.
Abajo, la herrería;
en su rojos infiernos
los yunques encendidos
gritan sus quejas al vacío atardecer.
La cruz de una veleta
brilla con la luz frágil de la luna.
Desde la galería
―púrpura iluminada―,
abierta a la extinción de las adelfas,
los tulipanes ―petulantes―
farolean en tarros de cristal
henchidos de agua turbia.
Precámbrico
Fundar un precipicio de la luz
en la pureza de un pozo blanquísimo;
eternas geometrías, cristales cegadores,
inertes
pero bellos en ciclos y ascendencias.
Fundar el tiempo mineral
destilado de espacios,
y el emboque de las linternas
abriendo heridas sin estigma.
Astro puro, imposible;
sagrado porque es polvo,
esencia despeñada en el abismo.
Campanario azul, tuétano del sonido.
Curvatura escarlata que al moverse
rompe arcas muy adentro.
Omóplatos de plenitud.
Ávidas lenguas
moliendo su saliva en el muslo del fuego.
Nacedero feroz
en la clarividencia de las aguas primeras
―fantasmas que sacuden áncoras bajo el mar.
Hierro, oro, cobre; carne sola, única,
nunca, jamás mezclada.
Omnisciencia de Tierra.
en el Acorde espeso y virgen del Precámbrico.
Inacabada sinfonía arcaica
de la palabra mineral,
aún sopa primordial de mito y símbolos.
Volcán, grito imposible.
Lamento del que nace con dolores eternos
de la madre primera y última.
Ruidos de la Evolución.
Que sea la palabra
“La substancia del alma es la palabra;
la palabra donde todas las cosas extensas y reales
se encienden mutuamente y de nosotros"
Luis Rosales
Que sea la palabra una esperanza eyaculada
en cruce de lo natural
con el temblor de lo inefable.
Que sea la palabra la que abrace la lágrima
que endulza al cuerpo en su marea.
Que sea el lienzo rojo
que se hunde en la piel traslúcida
―alga en el llanto innumerable.
Que sea la palabra un intervalo,
el enigma,
del equilibrio que confluye
en los vértices de tu mente.
La energía que allí mismo contenga
lo irremplazable.
Mirad esa voz
como negra hormiga
que palabra a palabra avanza,
enmudece en los bordes del corazón,
y pronuncia en el mundo
lo necesario
para que una sombra tenga estrella.
Qué sea la palabra
quien abarque la ventana
en una intensidad
que dé al Sol
. la vida.
Que sea la palabra el tamiz
de los vínculos que abrazan
la voluntad de respirar,
la sed del aire solitario
en un borroso atardecer.
Que sea tu palabra quien abra el mar
y verás el secreto despiadado
de sus átomos ciegos.
Que sea la palabra el sahumerio
de una esencia soleada,
un horizonte sonreído
cuando el pinar, allá lejos, canta.