Alá le guía
hasta la luz del paraíso
que su existir le niega.
El niño imberbe
se hermana con la muerte y ensambla
un chaleco de inexperiencia
a sus huesos aún blandos.
Con la escoria en los ojos
y los sentidos turbios
tomará el autobús
de aroma ácido
y el ámbar del ocaso
será espeso y granate
cuando
cierre los ojos.
AL OTRO LADO.
La sirena estridente lanza gritos agudos
y avisa que se acerca la señora enlutada.
La tierra está temblando.
La serpiente de fuego lame todo con saña
y corres a esconderte de intereses ajenos
en el bunquer de tela que te dieron.
Replegado, tiritas.
Tu corazón es corzo desbocado
esperando la bala siseante
y tu grito se escapa
y recorre las ruinas de tu noche.
El viento lo ha dejado en mi ventana
a miles de kilómetros.
Se que estás.
Se que eres.
Como yo,
como todos una cifra tan solo,
un minúsculo grano de arena
en el desierto de los iluminados.
Títeres en sus manos.
Nada importas,
nada importa, somos materia prima
para engordar sus vientres endiosados.
Y aunque en estos segundos
en que tiemblas de miedo,
al borde de un abismo creado por orates
yo me encuentre segura en mi cómodo mundo,
no soltaré tu mano,
no callarán mi boca,
no miraré impasible el terror en tus ojos.
Y la llama pequeña que mantengo encendida
en tu nombre y el mío
ha de ser fuego eterno
donde arderá impoluta
la conciencia de Cronos por comerse a sus hijos.
CUÉNTAME, MUJER
Cuéntame,
cuales son las astillas
que punzan el presente,
¿dónde lavas el pañuelo
que enjuga tus secretos?
La tarde abatanada
se pierde entre geranios
que aroman el si acaso.
Y la boca esboza una sonrisa
cuajada de tapujos.
Sola
encadenada a costumbres arcaicas
pereces en la ambigüedad que pregona tu nombre
mientras cueces tu miedo
a descubrirte viva ante el espejo.
ERRABUNDO
Nació en campo de nácar, espigas, caracolas
las ninfas le mimaron hasta los quince abriles
mecido en las espumas albinas de las olas
tuvo infancia dorada pulida en esmeriles.
Pero el solano sopla y agosta la cosecha:
militante honorario del clan de los sin techo,
dilatada pupila, vive bajo sospecha,
impune, cabizbajo, rijoso y contrahecho.
Árbol torcido y seco, zángano en la colmena
el producto imperfecto de planes de futuro
fracasados in situ. En los ojos la pena
al ser fruto olvidado de quien hoy te condena.
Por el hueco en tu banco tapizado de oscuro
te seguirás venciendo sin romper la cadena.
MUERTA
¿Dónde estabas esa noche
cuando su cuerpo de virgen
se rompía contra el suelo?
una niña,
tan sola y de sola, muerta. (Lucía)
Muerta en la soledad de un número,
en la soledad de las bajas colaterales
que ampulosas relucen
en la primera página del New York Times,
posible premio pulitzer de un trabajo bien hecho.
Nada en la soledad de los sin nombre.
Aguacero segado en las causas justicieras,
apenas eres gota evaporada sin razones ni causas.
Adormecido el sol, tiembla de injustos días,
de aborregadas ignominias
con las que curten algunos su bagaje de miedo.
Muerta, gritaste al mundo,
pero el mundo está sordo a los lamentos
y dice que no tiene medida para horrores legales,
ni para gotas de agua desecadas.
No hay palabras que curtan
tu piel desaforada
ni tu vientre vacío de futuros,
no hay justicia que devuelva la vida,
ni torrentes que laven las manchas del fracaso.
Este fracaso romo
que me hermana, sin pausa,
a los dedos de asesinos voraces.
FINITO
Con el cartel pegado en la conciencia
llegamos a esta vida rutinaria
dispuestos a vivir la estrafalaria
idea, de ser la quintaesencia.
Negamos lo evidente, que la ciencia
aún presumiendo mucho es boticaria,
en cuestiones vitales cineraria
y sólo tiene en cuenta la apariencia.
El final es lo único concreto,
que la meta se encuentra en el recodo
más cutre del camino,
el nítido mensaje del panfleto
negado por querer, el acomodo
eterno extrauterino.
DE POMELO Y LIMÓN.
Los escombros rabiosos
el fondo de los ríos
los campos
los sembrados,
piden oro a la tarde.
Hay muertos arrinconados, sin tañidos de campanas.
Quizás el viento esparza su llamada de auxilio
y algún asentamiento la reciba como campo fecundo
dispuesto, a granar las espigas que quedaron desnudas.
Los muertos
no siempre están callados,
no siempre se deshacen en el polvo del polvo que un día fueron.
Los muertos
piden pan y justicia
para andar el camino que les devuelva el alma a lo perpetuo,
y una lápida blanca donde escribir su nombre.
Abogan por un banco de piedra,
-no hacen falta algodones-
para apoyar sus restos carcomidos por falacias e incurias.
Los muertos
quieren ser sólo muertos
y no tener insomnios, de por... muerte.
Necesitan un malecón seguro,
una orilla con verdes aromosos
una tapia que circunde sus huesos despoblados
una escoba que limpie los esputos que portan,
una razón que iguale los olvidos
una taza, tan solo, de calidez humana.
Los muertos sólo temen, a los muertos de mente,
a rezos selectivos,
a responsos privados,
a letanías ñoñas con mea culpas pudorosos.
Estos muertos se cansan de llevar a la espalda la estulticia de lustros
y venganzas añejas como mantas tiranas,
les fatigan victorias,
y se encogen de hombros
con los altos al fuego.
No entienden de rencores
por mucho que los vivos se empecinen en seguir abonando su parcela.
Saben que les tocó una muerte clandestina
de pomelo y limón
-como son todas las muertes en las guerras-
y anhelan una flor, mientras esperan
que el odio se destile y se disuelva en la grandeza
de aquellos que llevamos en las venas
la sangre que les falta.
ME CANSA
Me cansa lo informal del devaneo,
la atolondrada risa, los incautos,
me cargan los Mefístoles, los Faustos,
los que escarban la tierra donde meo,
los dueños de lo ajeno, los abyectos,
los papistas que rezan a destajo
los que esgrimen la fusta en el trabajo,
los gobiernos que no tienen defectos.
Aborrezco la insidia, y las machadas
del “bofetón a tiempo” por pelotas,
odio a los pederastas, las arpías
que campan presumiendo de chorradas,
los que ofrecen y luego son marmotas,
y a quien siembra a destajo apologías.
Alguno más se queda en el tintero,
y lo dejo con gusto, al barrendero.