CON LAS MANOS BLANCAS*
¡Qué difícil es distinguir entre la noche
y una mujer ahogada hace tiempo
en un estanque! ...( Xavier Abril)
Una mujer, bajó los párpados,
sus palabras se perdieron ahogadas
en la risa obscena que cruzó el cerrojo.
El silencio se apodera del rincón de la huída,
ella, se disuelve decolorando
entre el eco de la injuria y la sombra que lapida.
Nada hizo merecer los gestos, palabras,
disfrazadas de buenas intenciones,
la irrealidad momentánea que graba su triunfo
en los deformados surcos del rostro.
Una mujer, bajó los párpados,
la ciudad duerme exponiendo al sol sus miserias,
nadie acudió a su encuentro mientras se desgarró
esbozando la tímida súplica.
Nadie, mientras la sombra trasgredió
su alma con la lengua.
La insolencia oscura al que ofreció sus manos blancas
la silenció en el exilio del terror,
sus ojos no son mas que bóvedas fantasmas,
no se encienden, ni se abren,
lacónicos huyen para hacerse paso a la quietud
de la memoria.
Una mujer, bajó los párpados,
tan cóncavo el cuerpo, tan lejos de su voz.
Cohabita con espejos estrellados,
con la opacidad del otro que lacera su alma.
Es una mujer deshabitada,
arrojada a la desolación de la esquina gris
donde el zigzageante hollín abraza su figura espectral.
Una mujer, bajó los párpados,
la transparencia de su llanto
inútilmente buscó la serenidad de la mirada
en el cadalso.
Una morada, que otrora fuera de sosiego,
lleva el clamor en sus paredes,
sólo ellas saben del lamento de sus ojos,
del espasmo de su vientre,
del grito silencioso que desgasta
su garganta.