Huí de los ojos
y de las manos audaces
que hacían huésped mi espacio.
Me he retraído
del camino y he vivido
en las paredes de la sombra
para encontrar mi luz.
Allí hacía frío,
y una ventana abierta
perfilaba
destellos de estrella.
Angeles del sueño
me cobijaron
y ataúdes de recuerdos
ofrecieron su alimento.
Las palabras
anegaron la cavidad
con gorjeos de luz.
Allí me vieron regresar
respirando belleza
en la piel del poema.
Hoy navegan ermitaños
por las arterias, abriendo,
con las primeras luces,
las comisuras de mi boca.