Esa calle del mundo te pertenece.
La amas, porque te hace estallar de regocijo
cuando te pierdes en su cielo, en sus calles estrechas,
en su olor; sus recuerdos, llenos de tapias blancas,
de balones de fútbol, bancos en el parque;
las altas, afirmadas, palmeras,
y un mar que te acaricia, amigable y cercano.
Y la aborreces,
la odias igual que el pájaro a la jaula que desfigura canturreo.
Esa esfera inconexa de ángulos oscuros y reñido asfalto
es mi ciudad. Y ambos nos aborrecemos, de tanto que nos amamos
rev. 29-12-07