| La denuncia clara en el poema
(y la trémula mano que se cierra sobre un óbolo)
o agazapada en el torbellino blanco de los versos,
en esas entrelíneas no escritas, asustadas,
donde invisibles planean pájaros disecados.
¡Palabras rotas! Los ojos ruedan en un sentido
por las autopistas de lo urgente
y caen a una ciénaga donde flotan
como diminutas bolas bajo el cielo de la noche.
En medio de una procesión de togas vacías
anda un hombre, encorvado, desnudo,
castañeteando los dientes
y graznando de vez en vez cual córvido herido:
portavoz de la miseria
que conducen a un cadalso muy alto,
de mentiras, pirámide de pedruscos dorados.
-Y asciende solo a la álgida planicie de ahorcados sueños.
Un señor, ricamente ataviado de blanco,
reparte desde una ventana bendiciones a la multitud
y cuando cae su alba mano, cierran los ojos
mil niños de las moscas y del caucho,
y mil niños se apagan envejecidos arrastrando troncos,
y otros mil niños se prostituyen, oh pederastas,
en las hirvientes arterias de New York, New York.
¡Y todos los días y todos los días y siempre!
Entonces, oh ingratos ¿cómo no estar contentos
si se gana el cielo a través de este infierno que bulle,
porqué blasfemar, porqué esa mirada torva,
para qué ese grito de rabiosa angustia
que deja la senda sembrada de escuálidos cadáveres?
¡Sed valientes! -se os dice- ¡Mirad la vida con alegría,
pues repartimos las migajas de lo que os robamos!
El sol de la tarde se mete por las cristaleras
y hace refulgir las arañas de las bóvedas,
pero pasa como un rayo por el umbral de las chozas,
mientras, la danzarina gira y ríe ajena a todo.
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