Baje a las profundidades del lago.
Lamido por el humo sólido
de todas las visiones doloridas,
hallé a una progenie de cadáveres ahogados.
Eran robustamente ácidas
las extremidades del agua;
sus codos cartilaginosos se hundían en mi vientre.
Oriné largo en los manjares de la lucidez,
lavando la serenidad de todos aquellos muertos.
Sentía mucho dolor.
Como el que siente la metralla en el aire
antes de llegar a la carne.
La anemia de las llagas
fluía como la luz enferma
que merodea en los ojos de los perros viejos.
Son ávidos las dolores que lloran dulcemente.
Ascendí con el moho amarillo que germina
en el costado izquierdo del corazón,
donde el ruido es inaguantable.
A las afuera de los cuerpos totalitarios,
sobre los arándanos,
me detuve saboreando sus frutos incomprensibles,
con el temblor gamético, escaso y tartamudo
de dos pezones en las manos.
Así quería yo todos los exteriores:
minerales complejos, vectores imposibles
en la ilusión celeste de los mástiles en el mar.
¿Cómo debería entregarme a la ocultación de una obscenidad?
No puedo hablar de exudaciones fósiles
porque sino tendría rodeándome,
insistiendo,
a todas las piedras
con sus ojos cósmicos abiertos.
La carne o más bien sus metales dulces
querían enfilar la inexistencia
para darle la vuelta
y celebrar la vida en la razón
Así he nacido yo,
de un revés de la nada.