Acechan entre los versos donde se abren las flores
y roban su fragancia para el olfato del lector.
Acaso otros vientos, quizás los mismos
que amarran las chimeneas de las chozas
antes de irse de juerga
bajo la lluvia y los copos de nieve.
Silban y leen los periódicos
que lloran mentiras sobre el humeante asfalto,
músicos de los árboles y de la hierba,
maestros que enseñan a los ruiseñores,
danzarines entre farolas y baobas de la sabana.
¡Esos que rompen los tímpanos a las ardillas!
Y juegan al ajedrez con las dunas
y en las avenidas llenas de truenos
levantan silbando las faldas de las viudas.
Los mismos de siempre, jóvenes y viejos,
que lloran y ríen a un tiempo
y se cuelan por los agujeros del alma.
Y llegan con prisa a los ojos de los niños
de las moscas, a esos ojos como soles blancos.
Mas tú danzas en el acantilado
sin darte cuenta de nada.
Los ángeles te viran la espalda
cuando te enredas en las aristas del aire,
pisoteando las margaritas con tus zapatilas blancas.