En la planicie desterrado,
el templo es un reflejo inexorable.
La mañana recubre en un sudario
la curva de las bóvedas.
Estancia altiva, impávida y alumbrada sin ímpetu.
Cincelado en la piedra,
arriando la penumbra,
un temblor se propaga
con centelleo de sigilo antiguo.
Un taller de negruras sella como un sepulcro
la nerviación rosada de la aurora.
Aquí dentro se comban los suplicios.
Apariencias de altares soterrados
forjan este recinto,
tamizando una luz doblada de presagios,
exfoliada en los siglos
por las intersecciones de símbolos secretos,
de dioses fascinados.
Un recelo calizo me despeña la sangre,
me incendia el sudor en la flor de las manos
—diez pétalos agónicos,
dos magnolias de carne abierta.
El corazón del hombre
yace aquí,
embrujado y solemne.
Aquí, el cauce del tiempo
fructifica con cuajo silencioso,
fermentando su azúcar
en los lamentos de la tierra amarga.