Lograrás regresar forjador en el viento,
franquear el vigor en los campos de trigo,
engendrar el milagro, lustroso en las riberas
del porvenir azur, espacio irracional
insaciable de luces ―vivo en sus nervios de oro.
Serás fragor, maestro sobre las estampidas
en la era del inicio. Estarás dilüido
en la templada savia de aquel bosque de cedros
―penumbra de resinas y troncos excitados.
Germinando a través del ojo de las garzas,
admirarás arder oxígeno en las células
―el límpido fervor que clama en la semilla,
en los vientres y huevos cuajados de criaturas.
Serás la tierra joven de humus negro y fecundo
―tibio te besará el labio del verano
y un elixir carnal brotará en tu pletórica
morada, rebosante de entrañas y bullicio.
El ocaso serás en la sien enlunada
de las lánguidas horas de adobe en la estepa
―en la fiebre de oro que en las jaras delira.
Serás la palidez del lago rico en aves,
color que nutrirá los ojos de aquel niño
―el atento silencio de su cuerpo espontáneo
Amarás el tumulto en todos las esquinas
―allí donde las frondas celan tu desnudez
y el agua adorna hierba apretada en tus muslos.
Serás carcaj goloso de veloces latidos,
curvando como cimbras la mañana pimienta,
la revuelta marina ―flanco añil del abismo.
Serás la negra chova y el fantasma del Castro,
convocado entre el céfiro, el salitre y la lluvia.
Lindarás el cantil recóndito y agreste
―hundirás luz con piedra en el mar opulento.
Serás agua salvaje y su acescente tránsito
―su regreso cruzado en las torres y trípodes
de bronce ―gremios mágicos de fábula y leyenda.
Tu destino será la sed de las estirpes
vejadas en la sombra mineral del olvido,
pero regresarás en llanto de la bruma
―asombrando los pórticos, deshonrando Las Moiras.